Conóceme

Mi historia fue tejiendo mi vida. Los relatos con los que crecí, las preguntas que me acompañaron y las maneras en que aprendí a habitar el mundo moldearon profundamente quién soy.

Mi árbol

Nací en Santiago de Chile, en una familia de numerosos hermanos y de muchas generaciones. Como todo árbol grande y frondoso, nuestra historia no estuvo exenta de ramas entrelazadas con el dolor, las pérdidas, enfermedades, alcoholismo, recursos, abundancia, risas, costumbres, mujeres curanderas, y hombres machistas, economías que fluctuaban en ganancias y pobreza. Un linaje fuerte, sostenido durante mucho tiempo desde las narrativas de esfuerzo, de sacrificio y la pertenencia como mayor lealtad —muchas veces por sobre la autenticidad.

Soy la única hija mujer entre seis hermanos varones. Uno de ellos falleció antes de que yo naciera y otro partió hace algunos años. Crecer en medio de tantos hombres me fue dando un lugar particular dentro de la familia. Como buena hermana del medio, me convertí muy pronto en una bisagra: entre los hermanos mayores y los menores, entre los cuidados y las necesidades de cada uno. Fui, a ratos, una segunda madre para los más pequeños y también la hermana inquieta, metiche y caprichosa en el mundo de los mayores.

De niña

Desde muy niña sentí mis primeras sensaciones de exilio. No solo en casa, también en la escuela. Me sentía diferente, aunque entonces no sabía ponerle nombre. Me interesaban cosas que parecían no importarle a nadie más. Durante un tiempo quise ser astronauta —quizás porque necesitaba escapar del mundo que habitaba— y luego soñé con ser escritora, y me iba al fondo de un fundo para leer lo que encontrara debajo de los álamos, o arriba de los árboles. Recuerdo cuadernos enteros donde intentaba escribir un libro sobre la naturaleza: los pájaros, los caracoles del jardín, el huerto de mi abuela y las pequeñas historias que allí ocurrían con el micromundo de los insectos.

Hoy, ya adulta, entiendo que escribir siempre fue una forma de respirar. Aunque nunca he publicado un libro, sé con certeza que, si no escribo, algo en mí se asfixia y muere.

Maternidad

Me convertí en madre a los veinte años. Era muy joven: una pequeña criatura criando a otra. Tuve la fortuna de contar con una red amorosa de abuelas, madres, tías, padres y muchos niños alrededor. La crianza se sostuvo en tribu, en comunidad, como tantas veces ha sucedido en las historias de familias numerosas y aclanadas.

Dejé mis estudios de sociología a medio camino para maternar. Cinco años después retomé la universidad y, desde entonces, no he dejado de estudiar ni de trabajar.

Los primeros veinte años de maternidad estuvieron marcados por el esfuerzo, el sacrificio y una fuerte tendencia a la hiperproductividad —una forma de sostener la vida que muchas mujeres conocemos bien. Pero, al mismo tiempo, fui encontrando poco a poco otra manera de habitarme.

Terapeuta

Ese camino comenzó a abrirse gracias a mi trabajo en el ámbito de la salud mental y las terapias integrativas. Durante años he acompañado procesos humanos complejos y también profundamente hermosos. He sido parte del servicio público y de espacios comunitarios donde la salud mental se entrelaza con lo social, lo político y lo colectivo.

Con el tiempo comprendí algo esencial: nuestras historias viven en el cuerpo. Las experiencias que nos atraviesan —el amor, las pérdidas, el miedo, la pertenencia— dejan huellas en nuestro sistema nervioso, en nuestra forma de vincularnos y en las maneras en que aprendemos a sobrevivir.

Desde allí nace mi interés y mi compromiso con las terapias somáticas sensibles e informadas en trauma.

Mi propuesta

Busco ofrecer un espacio donde las personas puedan acercarse a su historia con más compasión, entendiendo que muchas de nuestras respuestas —incluso aquellas que nos generan sufrimiento— son intentos profundamente inteligentes de adaptación y supervivencia.

Acompañar procesos desde una mirada somática implica reconocer que la sanación no ocurre solo a través de la comprensión mental. También necesita del cuerpo: de la respiración, del ritmo, de la regulación del sistema nervioso, del permiso para sentir y reorganizar aquello que quedó atrapado en la experiencia. Y que hoy sí podemos elegir.

Un camino que me ha enseñado que la vida puede ser más amplia que las heridas que nos atraviesan.

Y que, cuando encontramos espacios seguros para escucharnos profundamente, el cuerpo tiene una extraordinaria capacidad para reorganizarse, recuperar vitalidad y abrirse nuevamente a la experiencia de estar vivos.


Desde ese lugar acompaño hoy a otras personas: con respeto por sus ritmos, con sensibilidad hacia sus historias, y con la convicción de que incluso después del dolor más profundo, la vida sigue buscando caminos para florecer, y lo evolutivo es inherente a toda especie.