¿Dónde vive realmente la salud mental?
Con el tiempo fui sintiendo cada vez con más claridad que la salud mental no habita solamente en la mente. Para mí, la salud mental es también corporal, social, política y espiritual.
Esta convicción me ha llevado a transitar caminos en paralelo a los modelos biomédicos tradicionales con los que trabajé durante años. Más que una oposición, ha sido una búsqueda.
Modelos que tienden a psiquiatrizar, patologizar y medicalizar profundamente el sufrimiento humano, reduciendo experiencias complejas a diagnósticos que muchas veces fragmentan y silencian la historia de las personas.
Mientras habitaba esos espacios, algo dentro de mí seguía preguntando, escuchando, buscando otras maneras de comprender.
Así comencé a explorar distintos caminos dentro de las terapias integrativas y complementarias: yoga, meditación, mindfulness, arteterapia, danza terapia, reiki, constelaciones familiares, bioenergética.
Cada una de estas experiencias fue abriendo nuevas preguntas y nuevas sensibilidades.
Hasta que, en un momento importante de mi vida, me encontré con algo que resonó profundamente en mí: el campo de la somática y el trabajo con trauma complejo.
Allí algo se ordenó.
Comprender el trauma desde el cuerpo, desde el sistema nervioso, desde la memoria encarnada, abrió para mí una puerta distinta. Una forma más amplia y compasiva de comprender el sufrimiento humano.
Desde entonces he continuado explorando este camino, no solo desde el estudio, sino también desde la experiencia directa.
Me he convertido, en muchos sentidos, en mi propia sujeta de investigación: observando cómo el cuerpo guarda historia, cómo se reorganiza cuando encuentra seguridad, y cómo la vida puede volver a circular cuando hay espacio para escucharla.
Con el tiempo he ido integrando todo lo aprendido —lo académico, lo clínico, lo comunitario, lo somático— en una forma de acompañamiento que busca ser fiel a lo que creo profundamente:
que la sanación no es solo un proceso intelectual, sino también un proceso corporal, relacional y profundamente humano.
Hoy entiendo mi camino como un entramado vivo de aprendizajes. Un territorio tejido de conocimientos, experiencias, preguntas y prácticas que he ido encarnando en mi propio cuerpo.
Porque para mí el conocimiento no es solo algo que se piensa. Es algo que también se vuelve carne, tripa, respiración, y pecho abierto al encuentro con otros.
Desde ese lugar acompaño hoy procesos terapéuticos:
con respeto por la historia de cada persona,
con sensibilidad hacia las huellas del trauma,
y con la confianza profunda de que el cuerpo siempre guarda,
en algún lugar, la posibilidad de volver a la vida.